lanzamiento Un paso a la vez

Una caja de sorpresas

Puedo sentir la ligera brisa entrando desde la ventana de mi habitación mientras la luz amarilla de la lámpara ilumina a un lado de mi cama. Es casi media noche, escribo a más de 3,500 kilómetros de distancia de mi viejo sofá azul; mi refugio para olvidarme de todo.

Mi trabajo requiere que viaje constantemente entre países ¿a que me dedico? si desean saber a qué me dedico, tendrán que esperar esa respuesta para otra ocasión, estoy seguro de que podría escribir muchas historias al respecto, pero hoy no, hoy aprovecharé para disculparme por mi ausencia durante la semana pasada.

Hace un par de días mi editora me dijo que algunos de ustedes preguntaron por esa caja de sorpresas que me robó el aliento la última ocasión; incluso ella (mi editora) intentó sacarme algún adelanto sobre esa mujer, no los culpo por la curiosidad, yo estaba igual.

Una de las primeras cosas que hice al día siguiente de hablar con Estefanía fue buscar a Pamela, ella era algo así como su confidente, aquella chica que (según yo) tenía un trato cercano con Estefanía. Pamela era una chica delgada, de cabello negro y tez bronceada, muy inteligente y una de las mujeres más tercas que he conocido.

— ¿Por qué no quieres decirme sobre ella? Vamos Pamela, solo soy curioso – le pregunté queriendo saber sobre Estefanía pero supongo que mi sonrisa cínica no le transmitió mucha confianza.

– No eres su tipo Luis, no lo intentes, no le gustan los patanes como tú.- me dijo fastidiada mientras cerraba su cuaderno y se levantaba.

– ¡Vamos, Pamela! No soy un patán, y aunque lo fuera, déjala divertirse un poco – dije con aquél cinismo que siempre ha sido una particularidad mía / me ha caracterizado.

— Si me ayudas, le diré a Marcelo que te invite a salir, me debe un par de favores – le dije en tono burlón. Marcelo había sido motivo de suspiros para Pamela desde hace años, y para él, ella era todo menos indiferente, aunque ninguno de los dos se animaba a hacer algo al respecto.

— ¡Eres un idiota Luis! – me gritó mientras se sonrojaba al salir de la sala.

Aunque no me dijo nada, estaba seguro de una cosa, Pamela le contaría a Estefanía sobre mí y con algo de suerte, ella me buscaría.

La curiosidad puede ser un motivo poderoso para muchas personas y para Estefanía la curiosidad siempre fue un problema, aunque en esta ocasión no fue así.

Un par de días después me tocó compartir clase con ella, era alguna de las tantas matemáticas que se cursan durante la ingeniería y lo único que recuerdo de esa clase fue el andar de Estefanía; al verla mientras cruzaba el salón a toda prisa para perderse entre los pasillos, yo perdí demasiado tiempo y no guarde mis cosas lo suficientemente rápido como para alcanzarla.

– ¡Auch! – dije mientras me tocaba la nuca después de un golpe de Marcelo.
– Te quedaste perdido viéndole las piernas, ¿ya lograste hablar con ella de nuevo? –

– Aún no Chelo, lo haría si alguien se animara a invitar a Pamela al cine– dije al tiempo que le regresaba el golpe.

– Eso va a tardar. Sólo tengo ojos para Juliette, ayer la lleve a cenar y fue increíble; sus ojos, ¡sus ojos! Son perfectos – Si… Mientras decía esto él sonreía y se movía como una quinceañera enamorada, algo muy divertido de ver. — Ayer por fin nos besamos – dijo mientras se derretía de amor.

– ¿Seguro que quería el beso o la obligaste? – dije bromeando. Marcelo siempre se ha destacado por ser sumamente educado.

— Nos besamos, Luis, y fue muy lindo. Creo que nos estamos enamorando; me gusta para novia. – salimos del salón rumbo a las jardineras, era hora de irnos, el cielo se miraba amenazante como si fuera a caer un diluvio.

— No sé, Marcelo, quizá ella sólo quiere algo más “informal” y tú te estás enamorando, ¿por qué no la conoces un poco más antes de aventarte? ¿Ya le has preguntado que está buscando? – le dije mientras llegábamos a la salida del edificio.

 — No es necesario Luis, esas cosas se sienten, seguro ella ahora está igual con alguna de sus amigas. Este sábado la llevaré a cenar, será una sorpresa; un lugar romántico y con flores. Hablando de cosas que se dan, mira hacia la jardinera – Marcelo apuntó hacia la jardinera con su mano al tiempo que se despedía. Ahí estaba ella, saliendo de la biblioteca y caminando hacia la jardinera; con mezclilla y una playera, simple y sin complicarse. Siempre me gustó esa combinación, aunque en ese momento no lo sabía. Se sentó, abrió un grueso libro que inmediatamente se dispuso a leer y se quedó completamente aislada de lo que pasaba a su alrededor. Aproveché ese momento y me detuve a observarla un poco hasta que decidí acercarme, por alguna razón necesité pensarlo más de una vez.

–Hola Estefanía, ¿estás esperando a que pase por ti tu novio? – pregunté mientras me sentaba a su lado como si la conociera de años.

–Hola Luis, ¿A mi novio? ¿Cuál novio? – cerró su libro y volteó hacia mí.

— El chavo que te recogió el otro día en el Fiesta gris, pensé que era tu novio. –

– No tengo novio, es mi hermano, a veces pasa por mí cuando no es prioridad su novia – dijo mientras volteaba sus ojos.

— ¿Y hoy? ¿Hoy no va a venir? – tomé el libro de sus manos y fingí observarlo interesado mientras le preguntaba.

– Hoy no, me iré sola — me dijo mientras le regresaba el libro.

— ¿Y por dónde vives? –

— Cerca de metro Potrero – me contestó sin mucho interés.

— ¡Qué casualidad! Yo vivo por ahí, a unas cuadras del metro, ¿qué te parece si compartimos el taxi y me cuentas un poco sobre tu libro? Se ve bastante interesante — no se me ocurrió nada más inteligente que decirle, por suerte, su libro era de Stephen King y yo era fan de sus publicaciones.

Debo admitir que la suerte siempre ha sido una compañera cercana, y ésta era solo otra prueba de ello.

– ¿Te gusta leer? – Preguntó sonriendo – las malas lenguas dicen que no eres precisamente una persona de libros – me contestó de manera burlona. Seguramente ya había hablado con Pamela.

Fingí demencia sobre su comentario y me metí al papel de joven lector, aprovechando mi suerte. — El buen Richard Bachman, me gustó mucho “Rabia” e “IT” aunque no he leído ese libro ¿”Un saco de huesos”, verdad? – su gesto burlón se fue y cambió por una cara de confusión.

– Esos libros son de Stephen King no de Richard Bachman, creo que las malas lenguas tienen razón sobre ti –.

–Stephen King tiene el seudónimo de Richard Bachman, en algún momento tuvo que inventarlo para poder escribir más de un libro al año– contesté con toda la humildad del mundo. Tiempo después me confesó que mi respuesta le pareció algo como un “no sabes de lo que hablas” pero que en ese momento le divirtió.

– Vámonos, en el taxi te platico más sobre las cosas que no deberías creerle a “las malas lenguas”– le dije con una cara de satisfacción mientras me ponía en pie — confía en mí. – dije mientras extendía la mano y le daba mi más grande sonrisa. Quería convencerla de irse conmigo, y como les dije previamente, la suerte es mi fiel compañera. Tomó mi mano al levantarse y sonrió mientras empezamos a caminar.

— “Las malas lenguas” no se equivocaron con una cosa – dijo con una pequeña pero divertida risa, una risa de victoria que con el tiempo aprendí a adorar, aunque en ese momento me confundió un poco.

— ¿Te dijeron que tengo una linda sonrisa o por qué lo dices? – contesté mientras volteaba a verla y le sonreía, como si todo estuviera de mi lado.

— No. Dicen que eres un presumido – dijo mientras me tomaba del brazo y caminábamos hacia la salida, ese gesto me desarmó y no supe qué contestar y su risa llenó los espacios que yo no pude llenar.

Al llegar al taxi, le abrí la puerta y subió mientras yo la miraba. Le pedí al taxista ir en dirección a Potrero, empezaba a caer una fuerte lluvia y el auto, un viejo Tsuru como cualquier otro de la CDMX, comenzaba a avanzar. La lluvia incrementó rápidamente. Nunca imaginé que esa lluvia sería algo que no podría olvidar en años, y sé que ella tampoco, en ese momento no le tome importancia, no hasta que llegamos a Potrero.

Pero eso, será historia para otro día.

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