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Spielberg: De la fantasía al patriotismo. Parte 2.

En 1985, Spielberg estrenó El color púrpura, una épica dramática, protagonizada por actores de color, que le valió el aplauso de la crítica y de la Academia de Artes y Ciencias de los Estados Unidos, aunque, otra vez, no lo nominaron como Mejor Director. El filme narra la historia de una mujer afro-americana, violada por su padrastro, casada con un brutal hombre, que encuentra la fuerza para liberarse de su condición de sumisión. Magistralmente narrada, pese a sus dos horas y media de duración, el filme protagonizado por Whoopi Goldberg, basado en la novela de Alice Walter, arrasó en los Premios Oscar, al llevarse ocho estatuillas, ninguna para Steven.

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Por Daniel Flores

Nuevamente, Spielberg cayó en crisis, suponiendo que sus cintas eran buenas, pero él, un fiasco como director. Animado por Coppola y Lucas, quienes ya le habían metido el “gusanito” de filmar una tercera entrega de Indiana Jones, se dio a la tarea de elaborar otro proyecto bélico, El imperio del sol, donde cuenta la historia de la invasión japonesa a China, a través de los ojos de un niño británico. Para no variar, Steven colocó a los nipones como los malvados, seres aberrantes y destructores, dispuestos a terminar con los ideales demócratas.

El imperio no logró un alto furor en taquilla, pero sí buenas críticas y seis Oscares, ninguno para Spielberg, quien tomó con mayor humor el desdén de la Academia. Sin embargo, se había jurado a sí mismo que nunca más sufriría otro rechazo. En 1989, Indiana Jones y la última cruzada gustó al planeta entero. Lo curioso es que, dando otra nota polémica, Steven, judío, versaba la trama de la cinta en torno a la búsqueda del Santo Grial, la copa donde Cristo bebió vino durante la Última Cena.

A los críticos les pareció una situación extraña, pero de buen gusto, ya que el guión, escrito por él, en colaboración con Lucas, trata al Mesías cristiano con sumo respeto, sin mofarse de su figura.

En Los cazadores del arca perdida, ya había sufrido quejas de sectores religiosos, quienes le cuestionaron la frase: “Los textos bíblicos son cuentos de hadas para adultos”, misma que dice Indiana Jones casi al principio de la historia, y tal vez, suponiendo que un mal manejo del personaje de Cristo le acarrearía peores críticas, optó por elaborar un texto cómodo, incluida una escena donde Indy usa el ¡Jesús!, como simple exclamación, situación por la que recibe una bofetada y una reprimenda de parte de su padre, interpretado por Sean Connery, quien le pide “no blasfemar”.

Las siguientes dos cintas de Spielberg resultaron por demás grises y absurdas: Always, de 1989, y Hook, del 91. La primera, es una historia romántica donde la reencarnación juega un papel importante, y la segunda, una visión al cuento de J. M. Barrie, Peter Pan, personaje interpretado – en su supuesta edad adulta – por Robin Williams, quien lejos de ser gracioso, creó una mofa del eterno niño, situación de la que el inquieto histrión y Spielberg salieron mal librados. Pero faltaba poco para la gran época de Steven, cuando Hollywood por fin lo reconoció y le colocó el sobrenombre de Rey Midas.

Habían pasado cuatro años desde que George Bush ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, y dos del inicio del conflicto en el Golfo Pérsico. Se acentuaba la necesidad de identidad en el pueblo estadounidense, merced a la amenaza que representaba el líder irakí, Saddam Hussein, al estilo de vida capitalista de Norteamérica. Valores como unidad, patriotismo y libertad, poblaban el imaginario colectivo de la gente, solidificando la grandeza de “ser americano”.

La Guerra Fría era ya historia. El Muro de Berlín había caído, y con éste, el régimen socialista de la Cortina de Hierro, liderada por la Unión Soviética. En ese país, Mijael Gorbachov impuso la perestroika como política económica, misma que subsanaría los riesgos latentes de una conversión social de semejante escala. Los enemigos dejaron de serlo. La URSS se transformó en Comunidad de Estados Independientes y arrancaron un proyecto capitalista para poner en marcha a las nuevas naciones.

Así pues, en un lapso de cinco años, los socialistas caducaron como enemigos de la “democracia” y aparecieron en la palestra los países del Medio Oriente, con dictadores de la envergadura de Hussein o Moamar Kadaffi, mandamás de Libia. El petróleo se convirtió en bastión de conflictos, pero, principalmente, el requerimiento yanqui por activar su economía de guerra.

El cambio de ideología volvió a introducirse en todos los campos de la vida de los Estados Unidos. La televisión se tornó en un mecanismo de control. Basta recordar el influjo de la cadena de noticias, CNN, que hipnotizó al mundo, informando unilateralmente, lo que sucedía en el Golfo Pérsico. El cine fue también un arma, nada nueva, para cimbrar a las masas.

Era 1993, año de transición entre el único mandato de Bush, y el vencedor de las elecciones en los Estados Unidos, William Clinton. El progenitor de George W. había dejado la Casa Blanca con varios problemas para la sociedad en general, sobre todo, el fracaso en su proyecto económico y un creciente desempleo. Y, como bien reza el dicho, “había que darle circo al pueblo para su diversión”. Así, aparecieron en cartelera dos cintas de Spielberg, mismas que lo consagrarían como realizador, y que lo elevarían a los altares hollywoodenses. En verano, Parque Jurásico destrozó los récords de taquilla, convirtiéndose, hasta ese momento, en el filme con más ingresos en la historia. Gran parte del éxito sobrevino a la capacidad de su amigo y colega, George Lucas, quien, al mando de su compañía de efectos visuales, Industrial Light and Magic, creó una maravilla tecnológica en este campo con el uso de computadoras. La era digital, aplicada al cine, se inauguraba así, con bombo, platillo y un Tiranosaurio.

Parque Jurásico trata sobre un científico que logra recrear a un grupo de dinosaurios a partir del ADN de uno de estos. La idea del protagonista, interpretado por Richard Attenborough, es crear un parque, tipo Africam Safari, sólo que sin leones o cebras, sino con terodáctilos, velocirraptores y tiranosaurios. El conflicto inicia cuando un grupo de científicos, invitados por el primero para dar un paseo y examinar el realismo del parque, se enfrentan a las bestias descomunales, todo a causa de varios incidentes que derivan en la falta de control de los dinos.

Al final, los animales se adueñan de la isla donde se supondría estaría el Parque Jurásico, dejándonos la moraleja de que las dos especies que han reinado la Tierra no pueden coexistir. Sin embargo, el asunto moral es más delicado, ya que, para Spielberg, nuevamente, el foráneo no puede “ser humano”, siempre necesita ser diferente, distinto, y para colmo, los ex monarcas del planeta Tierra, de lo contrario, los americanos… perdón, los hombres, no les perdonarían el atrevimiento de reinar a la par, so pena de bombardear la isla jurásica con armas nucleares.

Inundada de debates moralistas y éticos en torno a si recrear una especie extinta es tarea divina o humana, Parque Jurásico contiene otras líneas argumentales, todas, apuntando al temor de Norteamérica ante lo extraño, lo distinto, no en el terreno fantástico, sino en el plano terrenal, donde tal pareciera que los dinos son metáforas del yanqui común, miedoso de que su espacio fuese inundado por árabes, latinos, asiáticos o cualquier otra nacionalidad.

Pero, más allá de una crítica social como la del autor británico H. G. Wells, quien con su novela, La guerra de los mundos, difundiera las prácticas imperialistas y de exterminio en Oceanía por parte de sus compatriotas, Spielberg defiende “lo suyo”, llámese territorio, identidad o patria, concediendo a los dinosaurios la gracia de compartir el orbe con “ellos”, pero sólo porque “están a la par”, como “amos y señores” del suelo. De paso, Steven aleccionó al público, y a sus críticos, sobre las bondades del uso de la tecnología, no sólo en el marco ecologista de protección a las especies, también, en la necesidad de los realizadores para utilizar el campo digital como arma para crear un cine más realista (o simplemente espectacular).

Lucas y Spielberg habían hecho el negocio de su vida. Con Parque Jurásico vendieron a la industria cinematográfica estadounidense el uso de las nuevas tecnologías en bien de la industria. Industrial Light and Magic creció enormidades, merced a los pedidos que directores y compañías fílmicas le hacían a George para que implementara sus truquitos, y aunque conforme pasa el tiempo más y más genios en efectos visuales y de sonido emergen como opciones distintas a la empresa de Lucas, éste, continúa a la cabeza en materia de digitalización.

Pero a Spielberg le faltaba la cereza del pastel. Si ya era millonario, pues se convirtió en el Rey Midas, puesto que todo lo que tocaba se convertía en oro. A finales de 1993, se estrenó La lista de Schindler, una mega producción de tres horas, en blanco y negro, que relataba la historia de Oscar Schindler, un rico alemán nazi, quien decide proteger a toda costa a sus empleados judíos de las atrocidades del régimen de Adolf Hitler.

El filme causó furor en el mundo, ya que exponía con veracidad el Holocausto judío, incluidas las torturas que se suscitaban en los campos de concentración, donde murieron millones de personas. Igualmente, causó polémica, desde quienes afirmaban que Spielberg exageraba en su visión apocalíptica hasta quienes lo defendían a ultranza por revelarle al mundo lo ocurrido al pueblo de Moisés durante la Segunda Guerra Mundial. En el aspecto cinematográfico, Steven, haciendo gala de sus dones de narrador, contó en poco más de 180 minutos, un periodo histórico, desde 1939 hasta 1991, época en que la trama concluye, con la visita de los sobrevivientes a un panteón judío, en el cual moran los restos de aquellos quienes sucumbieron a las atrocidades nazis.

Pero, más allá de reflexionar en torno a los pros y los contras de La lista, existió, otra vez, una sospechosa denuncia de Spielberg en contra de las ideologías, las personas y la historia que se oponen a la protección de los valores que él considera justos, siempre apegándose a los intereses de los Estados Unidos. Si bien el régimen nazi no es la mejor idea de la raza humana, tampoco tiene sentido presentar a los arios como auténticas bestias, sin más razones que la maldad misma para imponer su ideología. Para Spielberg sólo hay blanco y negro, buenísimos y villanísimos, nobles judíos y pequeños Hitlers. Sólo Schindler trasciende la moralidad, sólo él se cuestiona los porqués de la guerra, y redunda en que la “maldad” es la causante de todo.

Por si fuera poco, como se verá más adelante, Spielberg pide la paz, pero debe existir una guerra, un campo donde se pongan a prueba los valores de justicia, y al final, estos salgan adelante, sin importar las atrocidades por las que pasaron. Todo se soluciona en el país de la bandera de barras y estrellas, en 180 minutos de ser posible. Con La lista, Hollywood se percató que Steven no era tan humanista como predicaba, también apoyaba la guerra, traía a las nuevas generaciones la visión norteamericana de aquel conflicto bélico, cantándoles que, pese a la adversidad, había luz al final del túnel, pero hay que pelear por alcanzarla.

Estas características no pasaron desapercibidas por La Academia, que por fin le otorgó el Oscar como Mejor Director por La lista de Schindler, igualmente, la cinta fue Mejor Película, elogiada por críticos y público como la máxima obra spilbergiana, cuando muchos años atrás, un extraterrestre, feo pero tierno, había conmovido al planeta con un auténtico mensaje de tolerancia y de paz.

Luego de su asimilación por Hollywood, Spielberg continúo viento en popa. Filmó la secuela de Parque Jurásico, con buenos resultados en taquilla, pero pobres críticas, máxime que intentó emular el mito cinematográfico de King Kong, cuando el gigantesco simio atemoriza a Nueva York. El tiranosaurio de Steven intentó asolar también esta ciudad, y aunque lo logró en el celuloide, no se volvió un hito, más bien, en una película para olvidar.

Posterior a ésta, se estrenó Amistad, uno de los filmes más grises de Spielberg, con un elenco multiestelar, encabezado por Morgan Freeman y Anthony Hopkins, que trataba sobre un motín de esclavos, a bordo del barco del mismo nombre que la película. Parecía que “aquello que te pica y no te puedes rascar: la conciencia” (frase de Quentin Tarantino, director de Pulp Fiction), molestaba a Steven, quien intentaba dar un mensaje de paz y libertad, pero, lamentablemente, desde su ya consabida óptica pro americana. Aunque Amistad logró ser nominada al Oscar, más por intereses de convertir a Spielberg en el icono del cine norteamericano, que por su calidad, la cinta pasó desapercibida para el público en general.

Odiado y amado, víctima y victimario, hijo pródigo del status quo, Steven Spielberg llegó a 1998 con Salvando al soldado Ryan, cinta en la que presentó, descaradamente, con alevosía y ventaja, su amor incondicional a los Estados Unidos, a la nación fervorosa de hacer de la guerra un asunto romántico.

Salvando al soldado Ryan, estelarizada por Tom Hanks y Matt Damon, conmueve al espectador, o al menos eso intenta, con la premisa de la búsqueda de un joven cabo desaparecido en acción durante la Segunda Guerra Mundial. Al escuadrón liderado por el personaje de Hanks se le encomienda la pesquisa, que, pese a ser en primera instancia rechazada, termina siendo el móvil que hace mantenerse con vida y unido al pelotón.

Chocante y absurdo serían dos adjetivos adecuados para este filme. Escenas como la de la madre viuda, que llora por la posible pérdida de su hijo, lágrimas que conmueven al oficial del Ejército quien le da la mala noticia, o los recuerdos de cada uno de los soldados, quienes hallan la fuerza para seguir en contienda, redundan en lo obvio, en la idea spielbergiana de que es posible hallar un punto de contacto, que obligue al americano común a suponer que es “necesario” defender estos valores.

Un acierto de la película es la trepidante escena de apertura, que dura alrededor de 14 minutos, y que narra el desembarco aliado a Normandía. Si bien Spielberg muestra la crudeza del combate bélico, poco a poco, la trama se va desvirtuando, ensalzando las razones del porqué los “valientes” americanos pelean en esta contienda. Y las razones son las mismas, el discurso repetido de Steven a lo largo de su carrera: “Defendemos lo que amamos”; “la gente de estos países necesita libertad”; “no podemos dejar atrás a uno de los nuestros”; “hay que pelear para hallar la luz”; en fin, frases hechas en la mayoría de las producciones spielbergianas, que denotan su ideología pro-americana, vinculada con una pre-terapia para los futuros asistentes a cualquiera de las guerras que se inventan los yanquis.

En ese mismo año, también fue estrenada La delgada línea roja de Terrence Malick, que no presenta héroes de guerra, ni el lado romántico de la misma. Para Malick, las guerras son el caos último de la razón humana, un lugar inconcebible, espantoso, donde sólo sobrevive él que deja atrás a los suyos, él que se aferra a sus más bajos instintos. Aquí no hay dulzura ni patriotismo, sólo la cruda realidad, sin argumentos ñoños, ni descanso para el espectador.

Además, el 98 quedó marcado por los filmes bélicos, ya que se estrenó también La vida es bella, de Roberto Benigni. El realizador y actor italiano demostraba con su cinta otra versión del Holocausto judío, más amable, aunque con sus momentos de crudeza. El guión ameritaba cierta dulzura sobre la visión de la guerra, ya que contaba la historia de un padre y su hijo, un niño, quien nunca capta la esencia real de lo que era vivir en los campos de concentración, ya que su progenitor se encarga de engañarlo, decirle que todo es un juego.

La vida es bella gustó en el mundo entero, y fue nominada en los Oscares como Mejor Película, Mejor Película Extranjera y Mejor Actor. Sólo a una persona no le agradó el filme, a Steven Spielberg, quien lanzó una campaña en contra de Benigni, porque, afirmaba, “había ridiculizado una situación tan terrible como el Holocausto”. La crítica, incluida, la norteamericana, le tapó boca, cuestionándole si acaso él mismo no había también vendido la gravedad de la Segunda Guerra Mundial, haciéndola romántica y hasta esperanzadora.

La respuesta de Steven derivó en un completo silencio, sólo aseveró que La vida es bella no sería tomada en cuenta por la Academia. Lamentablemente para él, sus pronósticos fallaron, la cinta de Benigni se alzó como Mejor Película Extranjera, y éste, como Mejor Actor. Los cinéfilos aún recuerdan el alocado festejo del italiano al saberse ganador: brincó sobre su butaca, lanzó besos y se carcajeó. Todos disfrutaron con su victoria y rieron de sus ocurrencias, menos Spielberg, quien se mostraba serio, enojado, mientras Roberto recibía al hombrecito dorado. Fue tan amarga la experiencia, que Steven ni siquiera disfrutó cuando se hizo acreedor al galardón como Mejor Director por Salvando al soldado Ryan.

Para el público y la crítica el mensaje era claro, Spielberg había dejado de gozar, ya no filmaba por gusto, ahora, era víctima de la industria, de la ideología pro-yanqui, a la cual había vendido su alma, su imaginación, e incluso, su tolerancia. Pero Steven nunca perdió la compostura. Sabía que se aproximaba el nuevo milenio y que sería un campo propicio para retornar a la ciencia ficción, donde habían germinado sus mejores producciones y su lado más luminoso.

 

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