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Spielberg: De la fantasía al patriotismo. Parte 3.

Del 2001 al 2006, Steven Spielberg filmó seis películas, tres fantástica y tres dramáticas: En el primer rubro están Inteligencia Artificial, Minority Report y La guerra de los mundos; en el segundo: Atrápame si puedes, La Terminal y Munich. Poco o nada se puede decir de estas cintas. Las de ciencia ficción demuestran una tendencia más oscura, aunque sigue existiendo la esperanza, la necesidad de pelear por elementos mejores. En especial, La guerra de los mundos, basada en la novela de H. G. Wells, explora el fanatismo americano por conocer su destino si acaso llegaran a ser dominados. En plena época post 9/11 y bajo el mandato de George W. Bush, Spilberg desarrolló la historia en los Estados Unidos contemporáneos.

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Por Daniel Flores (Parte I y Parte II)

Así, la nación más poderosa del mundo era invadida por extraterrestres, quienes, sobre inmensos trípodes, asolaban gran parte de la Unión Americana, exterminando a quien se les pusiera enfrente. Casi demencial, La guerra de los mundos parece una explosión de locura de Spielberg, en la cual, el personaje interpretado por Tom Cruise, se la pasa huyendo de los invasores, ajustando cuentas con uno que otro compatriota más loco que él. El mensaje de Steven pareciera ser que ante la amenaza de fuera, no quedará más remedio a los yanquis que perder la cabeza y huir despavoridos. Pero, ¿qué acaso E.T. no era amistoso? ¿Dónde, cómo y cuándo se suscitó ese cambio radical en la imaginación spielbergiana? ¿Fue después del ataque terrorista a las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York, fue la campaña de temor que el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, realizó tras los mencionados atentados?

Del mismo modo como hubieron figuras tan poderosas, llámese Cecil B. de Mille, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Robert Redford y muchos otros que dominaron la cinematografía estadounidense, tomando decisiones que impactaron al resto de sus colegas, creo, a mi juicio, que nunca había existido alguien como Steven Spielberg, tal vez, sólo George Lucas, individuos con cierta intolerancia, reacios a abandonar sus esquemas e ideas, pese a que éstas sean ya arcaicas, pasadas de moda, aptas para un museo, pero con la necesidad obsesiva de tomar el control. En algún momento de su carrera, Spielberg osó compararse con el director nipón, Akira Kurosawa, autor de Los sueños, verdadera epopeya fantástica donde no aparecen ni extraterrestres ni soldados soñadores.

Convertido ya en un Rey Midas, Steven presentó Munich, que relataba el operativo realizado por el gobierno de Israel, después de que 11 atletas de ese país fueron masacrados por terroristas palestinos durante los Juegos Olímpicos de 1972, celebrados en Alemania. Dramática y contundente, Munich es otro canto de guerra de Spielberg. Una razón más para fincar la hipótesis en torno a que Steven es un patriota de buena cepa, un vendedor de ideologías, que no se toca el corazón para culpar a palestinos y árabes de cualquier conflicto en Medio Oriente.

Protagonizada por Eric Bana, quien encarna al líder de este comando secreto, cuya misión es asesinar a los que planearon el atentado, Munich no repara en justificaciones para engrandar violencia sobre la violencia. Según, Steven, la Primer Ministro israelí de aquellos años, Golda Maier, tomó la decisión de cazar a los involucrados para “estar a la par”, algo así como “ojo por ojo y diente por diente”. Esta premisa afirmaba, según lo visto en pantalla, que se puede hacer la guerra sólo porque sí, porque la “maldad” existe, porque los americanos y los judíos son los buenos, y los demás, los malos.

Sin embargo, Steven es sin duda inspirador para nuevos realizadores, quienes vieron sus filmes y quedaron maravillados con sus visiones. A él y a Lucas se les debe también la aventura de plagar con tecnología al Séptimo Arte. El llamado “director de actores”, ya que, a diferencia de Lucas, quien prefiere usar los ordenadores, incluso, para recrear personajes, ha extraviado la  sensibilidad que demostró desde Duel y hasta E.T. el extraterrestre, anteponiendo los requerimientos de la industria, por encima de los del histrión, llegando al extremo de trabajar con Cruise o con Tom Hanks, sólo por el interés comercial de que las marquesinas brillen con los nombres de intérpretes cotizados a lado del de Steven Spielberg.

En una cinta como La terminal, Spielberg vuelve a retomar la figura del foráneo, igualmente, presentándolo como un ente extraño, raro, inadaptado, encerrado en una terminal aérea, so pena de convertirse en un exiliado burocrático de una nación desaparecida sorpresivamente. Hasta que por fin es asimilado por la cultura del fast food y del dinero en tarjetas, logra ser aceptado hasta por quien apostaba en su contra, demostrando, para no variar, que la tenacidad es premiada con la luz de la esperanza.

El gran acierto de La Terminal, es que, por primera vez, Spielberg rinde un homenaje a todos los latinos que pasaron inadvertidos en los inicios de su carrera, donde ni por error se asomaban en alguno de los encuadres. El mexicano, Diego Luna, fue el encargado de por fin romper este hito, incluso, con un personaje interesante, que ayuda al de Hanks, a comprender mejor el mini-universo que representa la estación aeroportuaria donde está estancado.

Pero La Terminal es un retrato infantiloide de una problemática más profunda, como la pérdida de las relaciones interpersonales. En otra cinta, Inteligencia Artificial, Spielberg, igualmente, rehúsa acceder a temas de mayor alcance social. La ciencia ficción es también un campo de cultivo propicio para protestar o ejemplificar un caso en particular, y en 2001, cuando estaba en boga la polémica de la clonación, decidió filmar una historia sobre un niño cibernético, que sufre una crisis de identidad ante su necesidad de reconocimiento como ser humano.

Suavizada y tierna, Inteligencia Artificial no es más que otra versión del cuento de Pinocho, del pequeño de madera que quiere ser humano, que incluye, en esta oda spilbergiana, hasta al Hada Azul, quien se vuelve un icono de esperanza para el personaje de Haley Joel Osment. Provisto de un final apresurado, el filme cae en el aburrimiento y en la simpleza de que este niño cibernético es salvado por un grupo de extraterrestres, quienes por fin le conceden el deseo de, al menos, ser el representante único de una raza extinta miles de años atrás. Así, el pequeño cibernético se vuelve “humano”, y gracias a una avanzada tecnología, “sueña” con la madre que nunca tuvo. Reconciliándose al final con “su especie”, aquella que lo hizo a un lado.

En cuanto a Minority report, Spielberg limitó el cuento original de Philip K. Dick y presentó sólo las partes que le gustaron, suficientes para el lucimiento personal del protagonista, Tom Cruise, y de una atmósfera al estilo Blade Runner, mezquina, avanzada tecnológicamente, pero, a la vez, retrasada moralmente. Lamentablemente nunca alcanza los niveles de realismo y crudeza que el director, Ridley Scott, logró en los ochenta con Blade Runner.

En la década subsecuente, Spielberg se dedicó a filmar historias menos fantasiosas, incluidas, War Horse, Lincoln, Puente de espías y The Post, que le valieron el aplauso de crítica y público, consolidándolo como un referente de la historia del Séptimo Arte, y claro, todo un convencido de que la guerra tiene un sentido romántico (ya lo quisiéramos ver en cualquier frente de batalla en Medio Oriente).

Igualmente, devolvió a Indy a las salas de cine con una cuarta entrega y ya prepara la quinta para 2020, advirtiendo que será la última vez que veremos al geriátrico Harrison Ford en el rol del arqueólogo favorito del planeta, mismo que, según Spielberg, será sustituido por su ¿nieta?, idea que a principios del nuevo siglo ya había sido propuesta, de hecho, hubieron pláticas con Natalie Portman para que encarnara a la hija de Jones. La premisa fue descartada, y en 2008, año del estreno de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal,  el actor, Shia LaBeouf, dio vida al hijo perdido del aventurero, lo que hizo suponer que habría un nuevo Doctor Jones. Sin embargo, es poco conocido qué afectó la buena relación que tenían Spielberg y LaBeouf, a quien catapultó a nivel de estrella, recomendándolo incluso con Michael Bay para protagonizar Transformers, película de la cual, Spielberg fungió como productor ejecutivo, y luego, también lo colocó en Eagle Eye, un thriller de acción, dirigido por D. J. Caruso.

A ciencia cierta nadie sabe cómo fue la fractura. Lo único tangible es que la carrera de Shia cayó en la ignominia ya sin el apadrinamiento de Steven, quien jamás lo volvió a llamar para participar en otro proyecto. Cual Dios del Antiguo Testamento, vengativo y cruel, Spielberg se deshizo de este pésimo actor, para bien o para mal, y que por supuesto, será borrado de la continuidad de Indiana Jones.

Retomando la senda spielbergiana, este nativo de Ohio, no ha dejado de lado la fantasía, creando tramas como Las aventuras de Tin-Tin, una animación basada en las historietas del autor belga, Hergé, que según Steven tendrá una continuación en algún momento en el futuro y Mi amigo el gigante, un auténtico fracaso de taquilla de 2016.

En este 2018, Ready Player One, ha devuelto a los primeros planos al veterano Steven Spielberg, quien si no era conocido por los millennial y la Generación Z, tienen ahora la oportunidad de empezar a jalar el cordón y descubrir la filmografía de este director, el cual, parece nunca descansar ni cejar en la concreción de sus anhelos. Según el recientemente retirado actor, Daniel Day-Lewis, “Spielberg morirá filmando, detrás de una cámara, porque esa es su interminable pasión”.

Spielberg todavía tiene en cartera diversos proyectos por culminar. Desea una colaboración con el escritor de horror, Stephen King, propiamente para grabar la novela, El Talismán, co-escrita con Peter Straub, propósito que lo ha eludido por años. Igualmente, está en pleno desarrollo del remake de Amor sin barreras y El secuestro de Edgardo Mortara, y en su faceta como productor, sigue apoyando a Bay con su saga de Transformers y vigila los detalles de una carísima mini-serie sobre Hernán Cortés. Así que hay Spielberg para rato, y ojalá, como decía John Lennon, se dedique más a “hacer el amor y no la guerra”.

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