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Lovecraft, el aterrador rey sin corona en el Séptimo Arte

Por Daniel Flores Chávez

Desde la noche de los tiempos, más allá de los leones, surgió un universo horrorífico, plagado de dioses antiguos, amorfos, de colores pavorosos y gemidos ensordecedores. De nombres como  Cthulhu y Azathoth, estas entidades cósmicas, aún se ocultan en dimensiones profanas, tratando de seducir a los hombres, a través de libros prohibidos como el Necronomicón, para que los liberen y hagan del mundo su asquerosa morada.
Básicamente, de eso trataban los cuentos y escasas novelas de una de las figuras más icónicas de la literatura de horror, Howard Phillips Lovecraft, nativo de Providence, quien en vida, padeció los terrores de una obsesión, de un trastorno mental, de constantes depresiones e inseguridades, que le acarrearon un profundo temor a… ¿casi todo?, tornándolo en una figura famélica, poseída por un esnobismo exagerado, que más bien resultaba una coraza de protección ante la irritable necesidad de convertirse en un ser social.

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Debido a una infancia escabrosa, en la que perdió a su padre a temprana edad, víctima de la demencia, Lovecraft quedó a cargo de una dominante y posesiva madre, quien no reparaba en vestirlo como niña, ya fuera como castigo o como simple capricho. Con semejantes ejemplos, H. P. se refugió en la fantasía, en la inmensa biblioteca de su abuelo materno, donde descubrió a los clásicos, Las mil y una noches, y a los grandes de la literatura preternatural, como Horace Walpole, Ann Radcliffe, Arthur Machen, Matthew G. Lewis y Charles R. Maturin, de quienes extrajo su fascinación por lo gótico.

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Siempre escondido tras los libros, Lovecraft se lanzó a la aventura de crear historias propias, a la par de ganarse la vida como corrector de estilo en varias editoriales. Afortunadamente, sus cuentos sobre dioses primigenios, amenazantes de la humanidad, gustaron pronto a editores y expertos, quienes publicaban tan demenciales textos en periódicos y revistas pulp. De ahí, Lovecraft consolidó un amplio número de seguidores, muchos de ellos, escritores en ciernes, con quienes se carteaba constantemente, intercambiando ideas, consejos u opiniones.

Así surgió el Círculo de Lovecraft, integrado por un grupo de artistas, hoy, todavía leyendas del horror cósmico, como Robert E. Howard, Henry Kuttner, Clark Ashton Smith, Donald Wandrei, Frank Belknap Long y Robert Bloch, éste último, prolífico surtidor de historias macabras, autor de la novela, Psicosis, llevada con éxito al cine por Alfred Hitchcock, y auténtico narrador de la oscura realidad americana de las cuatro primeras décadas del siglo XX.

Tristemente, Lovecraft murió en la pobreza, en 1937, a la edad de 46 años, solitario, enfermo de cáncer, criticado por su empatía con el nazismo y su radical xenofobia, que muchas veces dejó sentir en textos clave de su bibliografía. Odiaba a los negros, a los asiáticos, a los europeo-orientales, pero en especial, a los mexicanos, de quienes aborrecía su tono de piel «café».
Lovecraft nunca conoció el éxito. Tras su fallecimiento, la moda lovecraftiana se convirtió en un mito, a la altura de Edgar Allan Poe, aprovechado por editores como August Derleth, quien, ante la ausencia de parientes de H. P., ganó sus buenos dólares organizando las historias del que fuera su socio. Hasta en eso, Lovecraft nunca contó con un amigo sincero.
Rumores en torno a su figura hay muchos: que tenía aversión al sexo, que admiraba a Hitler, que conoció a Houdini, que era esquizofrénico, que tenía tendencias suicidas, que era exageradamente pulcro, que era tacaño, que era demasiado apegado a sus tías, que sus monstruos bulbosos y gelatinosos, de capas y capas infinitas, eran metáforas de la vagina, e infinidades de historias detrás de su discreta faz.
Por si fuera poco, el cine no ha sabido comprender las atmósferas lovecraftianas. Ni siquiera el más asiduo fan del literato, Guillermo del Toro, logró concretar un guión adecuado para adaptar la novela de H. P., Las montañas de la locura, al Séptimo Arte. Frustrado, el tapatío cejó en su intento, dejando sólo un homenaje a los tentaculares dioses en la parte final de Hellboy.
De hecho, en fuentes cinematográficas como IMDB.com, al teclear «Lovecraft», aparecen decenas de títulos basados en sus historias. Sin embargo, casi todos son cortometrajes o trabajos experimentales, ninguno para recordar o tener en cuenta. Tal vez, destaca el falso filme silente, de 47 minutos, La llamada de Cthulhu, de 2005, que en un glorioso blanco y negro, captura la atmósfera opresiva del horror cósmico.
Quizá, el único director que ha concebido las más alocadas películas del universo lovecraftiano, es el veterano, Stuart Gordon, quien sí ha basado su trabajo de Serie B en diversos cuentos de H. P., consolidando una filmografía, en la que Jeffrey Combs, ha protagonizado títulos como El Re-animador, From Beyond y Castle Freak. Igualmente, Gordon filmó Dagon, con histriones españoles, recreando el ambiente de los ‘pueblos pesqueros, que tanto disgustaban a Lovecraft.

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Justo hace un año, durante una visita a la Cineteca Nacional de la Ciudad de México, Stuart Gordon, confirmó su gran admiración por H. P. Lovecraft, ofreciendo disculpas a sus fans, si es que se habían sentido ofendidos por las «extrañas películas» basadas en los cuentos del autor, y del mismo modo, no logró explicarse porque le ha costado tanto trabajo al Séptimo Arte crear una película decente sobre los mitos del horror cósmico.

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