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La industria mexicana del entretenimiento, entre lo kitsch y lo naco

La cultura kitsch se convirtió en un fenómeno de las sociedades occidentales desde el siglo pasado, trayendo consigo a la posmodernidad un dejo de nostalgia a lo señalado como “de mal gusto”. Si bien es subjetivo definir qué es de buen gusto y qué no, lo cierto es que lo kitsch provoca un morbo, una fascinación constante y un dejo de vacío para quienes se atreven a internarse en este universo. Aunque diversos investigadores separan lo kitsch de lo naco, ambos términos descargan un distanciamiento cultural entre las clases sociales, y en las últimas décadas, también en la industria del entretenimiento.

Por Daniel Flores

Así, a lo largo de los años, la TV abierta mexicana estableció las reglas del juego para crear producciones dirigidas a las masas, de bajo contenido cultural, pero sumamente entretenidas, las cuales, durante el régimen priísta, fungieron también como controladores sociales y plataformas que fomentaban valores convenientes para el poder en turno (muy largo turno).

Hoy en día, varios canales de cable o los propios canales abiertos, reprograman viejas emisiones, en especial telenovelas o programas cómicos, para rellenar espacios o remover las memorias del público. En ese sentido, Televisa consiguió lo impensable: reposicionar a los personajes de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” en la generación millennial, que halló en “El Chavo”” justo esa dosis placentera de “mal gusto”. Para la Generación X, las retransmisiones del habitante del barril eran un reflejo de la época pretérita y un vistazo al poder que tenía la TV para crear una masa poco crítica.

Youtube también han puesto su granito de arena para la difusión de la nostalgia, misma que ahora es un campo de estudio sociológico para los avezados en el tema, que hallan en ese baúl de recuerdos visuales y sonoros todos los signos de control de un régimen oscurantista, disfrazados (y a veces ni eso) de mensajes moralistas y de orden social.

Sin embargo, a lapsos de distancia, no se necesita ser un experto investigador para constatar lo kitsch del asunto. Emisiones como “Siempre en Domingo”, “En Familia con Chabelo”, “24 Horas”, “Hoy mismo”, “El mundo del espectáculo”, “XETU” o tantas otras producidas por Televisa, eran burdas copias de la TV norteamericana, desde los tradicionales “matutinos” hasta los noticieros (con informaciones controladas por la alianza PRI-TV comercial). No por nada, el que fuera dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, declaró que su empresa “hacía televisión para los jodidos”, consciente de que sus productos audiovisuales eran pretenciosos, un mero escaparate de caras y cuerpos bonitos.

En este caldo de cultivo, surgieron figuras televisivas como Jacobo Zabludovsky, Raúl Velasco, René Casados, Paco Stanley, Paty Chapoy, Guillermo Ochoa, Yuri, Daniela Romo, José José, Mijares, Emmanuel, Juan Gabriel, Luis Miguel, Lucerito, el propio “Chespirito” y estrellas de telenovelas como Lucía Méndez, Victoria Ruffo y Verónica Castro, quienes divertían a la sociedad mexicana a través de la pantalla chica. En otro jocoso comentario del apodado “Tigre” Azcárraga, su compañía “producía cada mes a una Madonna”, como si la reina del pop fuera una artista de tan bajo perfil. Para Azcárraga Milmo – la verdad no sabemos si en sus cabales-, Thalía, Paulina Rubio o la propia Yuri podían estar ¿a la altura” de la intérprete de mega éxitos como “Vogue” o “Like a virgin”.

Incluso, reflexionando sobre la época, es curioso como la TV estatal, Imevisión, ni era tomada en cuenta por el propio gobierno para controlar la información y el entretenimiento. De hecho, ahí se gestaron individuos pensantes que hoy en día siguen vigentes como referentes críticos del sistema, destacando a Carmen Aristegui, Javier Solórzano, José Ramón Fernández y Andrés Bustamante, y claro, también surgieron defensores a ultranza de los gobiernos priístas como Joaquín López Doriga o el mismísimo “Brozo”, Víctor Trujillo, que ahora reniega de sus pecados al haberse vestido con la casaca de Televisa.

Retomando el asunto, pareciera que los ochenta se tornaron en kitsch, por lo menos en México, alcanzando su máximo auge durante el salinismo (1988-1994), cuando según el gobierno de esa época, nuestro país había alcanzado un prodigioso crecimiento económico que nos encaminaba al Primer Mundo, tristemente, el levantamiento zapatista en Chiapas y los asesinatos de líderes religiosos y políticos, mostraron que el escenario optimista era una falacia, un vil montaje, una realidad incoherente.

Después se puso peor. La crisis del peso mexicano, la ascensión del narco, el crecimiento de otros tipos de crimen organizado, el enojo social y la falta de oportunidades en todos los sentidos, permearon a la industria del entretenimiento, que pasó de lo kitsch a lo naco. La apremiante necesidad de copiar contenidos extranjeros, pero más baratos y descerebrados, condujo a las televisoras a generar esquemas raquíticos que compitieran con el boom de la TV de paga. Además, ya no era sólo Televisa, emergió un clon, TV Azteca, con propuestas igual de absurdas, que semejaban la copia de la copia.

Ya encaminados en esa ruta de locura y ambición, los noventa y la primera década del nuevo siglo, sacaron al naco que todos llevamos dentro. La comedia de doble sentido y bajo presupuesto apareció en la pantalla chica. Actores como Jorge Ortiz de Pinedo, Eugenio Derbez, Adrián Uribe, el propio Héctor Suárez (ya en TV Apes… perdón, TV Azteca), lograron la aceptación de un público furioso, al que le quitaron la venda de moralina de los ojos. Los reality shows cobraron fuerza con “Big Brother” y “La Academia”, mostrando ya no a famosos, sino a aspirantes a serlo.

Emergieron burdos “matutinos” como “Hoy” y “Tempranito”, con chicas y chicos vestidos casi en paños menores. Ya no había el glamour, ni la elegancia ni la sencillez de Lourdes Guerrero, Talina Fernández, Flor Berenguer o Billie Parker. Brotaron entonces modas eróticas, encarnadas en Galilea Montijo, Andrea Legarreta, Anette Michel e Ingrid Coronado. La música de masas cruzó de lo plástico a lo grotesco. Los comentaristas deportivos pasaron de narradores a animadores, copiando, una vez más, los modelos comunicativos ya no del Norte, sino del Sur del continente americano, donde los ratings se gestaban al calor de polémicas huecas.

Lo naco, el mal gusto, comenzaba a ser bien visto, ya no como una curiosidad o una tendencia pasajera, simplemente se instaló en una era plagada de decepción, cuando aún no nacían las redes sociales, en la que el 9/11 era inimaginable, e incluso, el cine y el teatro no ofrecían en las salas mexicanas mayores propuestas que la cartelera comercial. Era una especie de pesadilla, una vorágine interminable de ruido y de visiones inconexas, de comentarios simplones y vestidos entalladitos. Afortunadamente, la explosión del internet contrarrestó un poco ese profundo vacío del que lamentablemente aún no hemos salido.

La ironía era tal, que los productos de entretenimiento de mal gusto se tornaron más salvajes en los dos sexenios gobernados por el PAN, cuya ideología de derecha precisamente va en contra de tanta exacerbación. La ironía era tal, que de pronto, Aristegui, Solórzano y “Brozo” estaban en Televisa. Que José Ramón Fernández se pintaba la cara para vender su imagen y obtener los derechos de un Mundial. Que se comerciaban las deficiencias físicas en un Teletón, con tal de que el pueblo cubriera los impuestos de los ricos y poderosos mediante “donativos”(y ni en especie, en efectivo constante y sonante). Sí, era (es) una época frívola, desgarradora e inhumana. Pero no caigamos en la frustración, no seamos nacos ni kitsch, aunque hubo alguien que logró reinar en ambos aspectos, pero esa es otra historia.

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Actualmente el periodismo y los medios de comunicación están en constante cambio, en gran parte por las nuevas tecnologías. Por tal motivo, he creado shanafilms como un medio dedicado a acercar al público general una mirada profesional, crítica y entretenida a través del turismo, en cine, los videojuegos, el entretenimiento y estilo de vida, con contenidos originales.

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