Por Shana Hazuki*
Flow, la película animada del director letón Gints Zilbalodis, es una obra que no solo explora la simbiosis entre animales en un mundo posthumano, sino que también se adentra en las profundidades del reflejo y la empatía. Con un estilo visual que fusiona lo pictórico y lo realista, y una narrativa silente, la película se presenta como una meditación sobre la colaboración, la supervivencia y la conexión intrínseca con la naturaleza.
La historia sigue a un gato negro que, tras una catástrofe global que ha sumergido el mundo en agua, se ve obligado a abandonar su aislamiento para unirse a un grupo de animales, cada uno con sus características definidas. Desde un perro alegre hasta un lémur rebelde, todos deberán confiar en su instinto colectivo para atravesar un mundo que no muestra piedad. Zilbalodis utiliza sus personajes animales no solo como figuras narrativas, sino como reflejos de la condición humana, alejándose de la antropomorfización obvia para lograr una autenticidad que resuena en su interacción.
La animación, fluida y envolvente, es un espectáculo en sí misma. Zilbalodis no solo captura la belleza del mundo natural, sino que la convierte en un actor más en la trama. Las tomas largas y detalladas, que siguen a los animales en su viaje, dotan a cada movimiento de una sensación de espontaneidad cuidadosamente orquestada. La interacción entre luz y textura, especialmente en la representación del agua, crea un contraste sublime entre la serenidad y la catástrofe.
Lo más destacado de Flow es su capacidad para comunicar sin palabras. La música minimalista, co-compuesta por Zilbalodis y Rihards Zaļupe, complementa perfectamente el tono de la película, creando un ambiente que se siente tanto tenso como tranquilizador. Las relaciones entre los animales, aunque simples en su base, se desarrollan con una profundidad que invita a reflexionar sobre nuestras propias conexiones.
La película también ofrece una crítica a nuestra era moderna, invitando a la audiencia a reflexionar sobre la destrucción ambiental y la importancia de la comunidad frente a la adversidad. La visión de Zilbalodis es un susurro de esperanza, sugiriendo que, aunque enfrentemos crisis aparentemente insuperables, el ciclo de la vida continuará fluyendo.
Flow no es solo una lección de resiliencia, sino también una celebración del poder transformador de las relaciones. En su esencia, la película parece decirnos que, para salvarnos a nosotros mismos, debemos aprender a vernos como parte de un todo. Y aunque el agua suba, siempre habrá un espacio para la esperanza y la unidad.
Personalmente, Flow me hizo llorar. La forma en que Zilbalodis captura la delicadeza de las relaciones y la lucha por la supervivencia, todo bajo la sombra de la inminente extinción, toca un nervio profundo. La película es un recordatorio conmovedor de lo frágil que es nuestra conexión con el mundo y entre nosotros, mientras nos enfrentamos a los desafíos globales del presente y del futuro.
Agradecimiento especial a la Academia de Cine española por permitirme ver en México esta película para reseñarla, aún no se si tendrá fecha de estreno en México
