La obra maestra animada de Isao Takahata, El cuento de la princesa Kaguya, no solo representa un punto culminante en la filmografía de Studio Ghibli, sino también una radical reinvención del lenguaje visual en la animación contemporánea. Basada en El cortador de bambú, uno de los textos más antiguos del folclore japonés, la película propone una estética que huye deliberadamente de los acabados digitales pulidos a los que nos tiene acostumbrados el cine moderno. En su lugar, Takahata opta por un trazo que vibra, se deshace, respira y se desborda. Esa apuesta estética se convierte en discurso: el dibujo no representa, sino que evoca la traza de lo efímero, aquello que está en proceso de desaparecer.
Desde una lectura derrideana, Kaguya opera como una imagen-traza. No hay aquí una figura que se manifieste plenamente: Kaguya es ausencia, es desplazamiento constante, es una figura que nunca llega a completarse. Derrida nos recuerda que toda presencia está contaminada por una ausencia anterior, que toda escritura es huella de algo que ya no está. Así, cada gesto de Kaguya —su nacimiento, su crecimiento acelerado, su rechazo a la nobleza— está impregnado de esa condición de pérdida. La animación no busca solidificar su figura, sino permitir que el trazo la inscriba como algo que estuvo y que ya se ha ido. El trazo no es contorno; es memoria.
Ese trazo —tembloroso, inacabado, apenas definido— convierte la animación en un espacio poético que se resiste a las formas rígidas. En los momentos de mayor intensidad emocional, la película abandona la coherencia visual y se sumerge en una estética casi caligráfica, cercana al sumi-e japonés, donde la velocidad del pincel y el gesto manual transmiten más que cualquier render hiperrealista. La célebre secuencia en la que Kaguya huye del palacio es un estallido formal que rompe con la calma previa del filme: el fondo desaparece, las líneas se vuelven violentas, la animación se transforma en furia abstracta. En ese instante, la imagen ya no representa, sino que encarna. Kaguya se vuelve grito, rabia, negación de la estructura social que la asfixia. Es allí donde Takahata convierte el cine en pura emoción gráfica.
Por su parte, la lectura de Aby Warburg en torno a la pathosformel —esas fórmulas visuales que transmiten afectos a través de la historia del arte— también permite iluminar la riqueza estética del filme. Kaguya se inscribe en una tradición visual japonesa, pero lo hace sin caer en la ilustración vacía. Su gestualidad, sus miradas, su relación con la naturaleza, dialogan con siglos de imágenes que han buscado codificar el sufrimiento femenino, la melancolía del paso del tiempo y el anhelo de libertad. Warburg afirmaba que las imágenes eran formas en tensión, depósitos de emociones que reaparecen en distintos momentos históricos. Takahata, al reimaginar este cuento milenario, actualiza ese archivo emocional, reinyectando fuerza al gesto, al rostro, al silencio.
El silencio es, de hecho, uno de los elementos más conmovedores de la película. Takahata deja respirar la imagen, permite que el blanco del fondo hable por sí mismo. En lugar de saturar cada plano con detalles, deja que el vacío actúe como resonancia, como posibilidad. Ese vacío no es carencia, sino espacio de interpretación. El espectador se convierte en co-creador, completando con su propia sensibilidad lo que la imagen apenas sugiere. Kaguya no es solo un personaje: es una idea, una emoción, una aparición que se desvanece.
El desenlace de la película, con el regreso de Kaguya a la luna, podría entenderse como una metáfora de la imposibilidad de fijar la belleza. La luna, desprovista de conflicto, de deseo, de memoria, se convierte en el archivo final, en el lugar donde la imagen ya no puede doler. Pero en esa calma aséptica hay también una pérdida: Kaguya deja atrás su humanidad, su dolor, su libertad conquistada. La película no celebra el regreso, sino que lo lamenta. El vuelo final es hermoso y devastador, como si el trazo mismo se disolviera en el aire.
En un tiempo donde la animación muchas veces se asocia con el espectáculo digital y la saturación sensorial, El cuento de la princesa Kaguya recuerda que el cine también puede ser fragilidad, poesía, gesto que no termina de cerrarse. Takahata logra una hazaña: componer una obra donde cada línea parece escrita en el borde de un suspiro. Y es ahí donde radica su potencia: en esa promesa de que la imagen, incluso cuando se va, puede seguir habitándonos.
Según Rotten Tomatoes, El cuento de la princesa Kaguya se erige como la película de anime con mejores reseñas de todos los tiempos y, sorprendentemente, muchos fans nunca la han visto.




