Grandes autores de principios del siglo pasado, como J. R. R. Tolkien («El Señor de los Anillos»), C. S. Lewis («Las Crónicas de Narnia») o A. A. Milne («Winnie The Pooh»), tuvieron en común la cercanía con la Primera Guerra Mundial, un hecho que cambió sus vidas para siempre, ya que combatieron en las trincheras de la más devastadora contienda bélica de la humanidad. Así, las novelas y cuentos de este trío, cuyas obras siguen vigentes hasta nuestros días, muestran una gran dosis de descontento ante las atrocidades del ser humano, capaz de lo inimaginable con tal de acaparar poder y riqueza.
Por Daniel Flores
Tanto Tolkien como Lewis, quienes fueron amigos durante casi toda su vida, emplearon la fantasía para, en sus textos, dejar en claro que la maldad es inherente a la humanidad, aunque nunca imperecedera, situaciones ejemplificadas por el creador de la «Tierra Media» en «El Hobbit» y la trilogía de «El Señor de los Anillos»; en ésta última, dejó de manifiesto al maléfico «Sauron» y su anillo de poder, como muestras inequívocas de que a veces no es posible encarnar del todo las vicisitudes de la especie dominante de la tercera roca del Sistema Solar.

Lewis, ante las inequidades globales, y tras los horrores de la Guerra, decidió convertirse al cristianismo, como refugio para limar asperezas espirituales con sus pares humanos. De ahí, las figuras mesiánicas de «Narnia», representadas por «Aslan», el león mártir de la historia, evocaron el sentido evangélico de la búsqueda de la salvación del alma, a la par del encuentro con poderes místicos, capaces de lavar las precariedades de las juventudes de aquellas épocas.

Igualmente, Milne sufrió lo indecible durante su estancia en las trincheras, dejándolo traumatizado de por vida, tratando de hallar la redención humana y la suya propia en una serie de textos que trataban de convencer a la opinión pública de llevar a cabo un movimiento que aboliera los conflictos bélicos en cualquier punto del mundo.
Si bien no concretó una novela como tal, Milne alcanzó una alocada y salvaje fama como creador del oso más popular de todos los tiempos, «Winnie the Pooh», que apareció en varios cuentos dirigidos a niños de todas las edades, incluyendo un mensaje divertido, pero también moral, que discernía sobre los excesos del mundo, representados en los populares amigos de «Pooh», como «Tigger», «Piglet», «Kanga», «Roo», «Owl», «Eeyore», quienes en gran medida exhiben conductas un tanto cuanto obsesivas-compulsivas y depresivas, demasiado obvias para dejarlas de lado.

Milne, un auténtico observador de la conducta humana, vertió en sus textos semejantes preocupaciones para advertir a los padres de familia sobre los peligros de la inacción en los infantes, los cuales debían ser motivados para emprender sus sueños, evitando así futuras catástrofes bélicas. Sin embargo, el mensaje quedó encapsulado, merced a la brutal campaña mercantil en torno al oso comelón de miel, que destantearon a Milne de su objetivo real.
Según el filme de Simon Curtis, «Hasta pronto, Christopher Robin«, actualmente en la cartelera mexicana de cine, Milne halló en la relación con su pequeño hijo, Christopher Robin, cierto consuelo tras la desesperanza de la Primera Guerra Mundial. Siempre rígido y metódico, trató de inculcar en su vástago, valores para hacerlo capaz de responsabilizarse de sí mismo, y a la vez, de dotarlo de grandes cualidades imaginativas. El problema que oscureció esta cercanía, fue que a Milne se le hizo razonable convertir a Robin en un personaje más del «Universo Pooh», exponiéndolo a una fama que nunca deseó y que le trajo problemas toda su existencia.

Si acaso Milne previó semejante infamia o si fue producto de la exacerbada adoración por el osezno dorado, quedara como una interrogante sin resolverse, ya que diversos factores condujeron al autor a prácticamente destapar su intimidad, y la del menor, al ojo público, tan fanático como cruel, que hizo de la vida de ambos un auténtico martirio.
Milne, interpretado por el irlandés, Domhnall Gleeson, casi al final de la cinta, menciona: «quién fuera a pensar que ese oso nos acabaría devorando«. Pero así funcionan la fama, el poder o la belleza física, todos, deseos humanos, tan radicales, que es imposible medir las afectaciones que dejarán en el psique luego de obtenerlos.

En este sentido, Disney, notando el reconocimiento global y el amor de los niños profesado a «Winnie», obtuvo los derechos cinematográficos, vistiéndolo con una boba playera roja, pero dejándole su esencia de cierta inocencia mezclada con conductas obsesivas, sin embargo, lo que pasó con «Pooh» como estrella de cine, será motivo de otra historia acompañada, claro, con un buen tarro de miel.

