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Verónica Castro: la reina kitsch mexicana

Hace algunos meses, durante la alfombra roja de los Premios Fénix, la veterana actriz, conductora y cantante, Verónica Castro, desfiló sobre la calle de Donceles hacia el Teatro de la Ciudad, sede del evento que premia a lo mejor del cine y la TV en Latinoamérica.

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Por Daniel Flores

Además de ella, diversas celebridades como Ana de la Reguera, Luis Gerardo Méndez, Cecilia Suárez o Esmeralda Pimentel, avanzaron sobre la pasarela, ataviados con sus mejores galas, dando alguna que otra entrevista a los medios de comunicación. Arriba, desde sus ventanas, los habitantes de aquella cuadra en el Centro Histórico (gente de clase media baja o baja) contemplaban el paso de los artistas, a los cuales les pedían voltear para tomarles una foto. Ninguno reparaba en las peticiones, salvo esta legendaria estrella de la cultura pop mexicana, la Vero (como le decían en los ochenta), que incluso se dio tiempo de posar, intercambiar palabras, enviar saludos y besos a sus fans, esos mismos que la encumbraron hace tres décadas como la reina del kitsch.

Gracias a una carismática personalidad, Verónica Castro descolló como actriz de telenovela, intérprete (si acaso sus berridos se pueden considerar notas musicales) y conductora de programas nocturnos de entrevista, como “Mala noche no”, “Aquí está” o “La movida”, los cuales fascinaron a la audiencia, a pesar de que cada transmisión se extendía hasta altas horas de la madrugada.

La Castro se volvió entonces un icono popular, casi, casi, un símbolo nacional de éxito, a la par de deportistas ochenteros como Hugo Sánchez, Julio César Chávez y Fernando Valenzuela. Era impensable en los hogares de todas las clases sociales perderse una emisión de esta “chiquita, pero picosa” figura de la TV, si no, la chusma no tenía cómo involucrarse en la plática de café del día siguiente.

En aquel entonces, Verónica Castro era símbolo de glamour, hoy en día, aquellos shows en los que conversó con las “estrellas estrelladas del canal de las estrellas” y leyendas del cine mexicano como “Cantinflas” o María Félix, son perfectos para definir lo kitsch, el mal gusto puesto en escena, aderezado con una cuota de chabacanería y emociones exacerbadas.

A pesar de iniciar su carrera artística a finales de los sesenta con éxitos telenoveleros como “Los ricos también lloran” y “El derecho de nacer”, la nativa de la Ciudad de México alcanzó la fama a finales de los ochenta, consolidándose como la máxima figura de Televisa. Estelarizó telenovelas como “Rosa Salvaje” (1987), interpretando a la clásica muchacha de barrio, que por circunstancias del destino conoce a un apuesto y rico joven, quien la convertirá en toda una dama. Dicho culebrón alcanzó ratings inimaginables, lo que aprovechó la empresa televisiva para también posicionar su imagen en el cine, con filmes como “Dios se lo pague”, representando personajes populacheros.

Su modo lépero de hablar, la fácil labia que poseía, su chispa ante la cámara, además de una nutrida colección de espectaculares y sexys atuendos, concibieron una especie de ídolo de masas, parecido al “peladito” de Mario Moreno o al “pachuco” de Germán Valdez, nacidos con un carisma que los conectaba con el pueblo como si sólo se oprimiera un botón.

Evidentemente, Televisa utilizó a la Vero para tornarla en una especie de Joan Rivers o Barbara Walters a la mexicana, aunque claro, entrevistando a personalidades locales, muy distantes a las invitadas (e invitados) de las norteamericanas. Así, “Mala noche no” y “Aquí está” se tornaron en una burda copia (como era costumbre de los televisos) de productos gringos, que afortunadamente para esta empresa privada (y desafortunadamente para el resto del país) provocó sensaciones catárticas para una población aún lastimada por la opacidad del gobierno tras el sismo de 1985. A medida que la sociedad civil crecía y se unía a movimientos liderados por políticos como Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Clouthier o Porfirio Muñoz Ledo, Televisa invertía más y más dinero en la sustentación de esta farsa de pueblo feliz, encarnado en la propia Castro y otros tantos idolillos de la industria del entretenimiento nacional.

Conforme México avanzaba hacia el nuevo siglo, Verónica Castro se apagaba en la pantalla chica. Tras la muerte del que fuera amo y señor de Televisa y autonombrado “soldado del PRI”, Emilio Azcárraga Milmo (de quien se rumora tuvo como amante a la Vero), las súper estrellas de TV de los setenta, ochenta y noventa, se extinguieron, desde Lucía Méndez hasta Edith González, como si se tratara de una cacería de brujas, impuesta por el nuevo mandamás de la televisora y fanático número uno de las Águilas del América, “Emilito” (como lo apoda el comentarista deportivo, José Ramón Fernández), o sea, Emilio Azcárraga Jean.

Aquel universo kitsch, del cual Castro fuera la reina, sucumbió de repente ante las nuevas figuras, que brotaban y desaparecían de la noche a la mañana, ya no sólo en aras de mantener el control político-social, también, para generar ingresos y competir de tú a tú con la TV de cable y el arribo del internet. Sin embargo, este país, sometido a los caprichos de aquella alianza entre Televisa y el gobierno, poco a poco despertó (y lo sigue haciendo), ocasionando una grave crisis de credibilidad en los contenidos de la TV abierta comercial. Ojalá, llegue el día en que semejante concupiscencia alcance su fin.

¿Y de Verónica Castro? Pues se mantiene viva en la industria mexicana del entretenimiento. Si bien alcanzó la gloria, no sólo en México, también en latitudes como Argentina e Italia, continúa interpretando en público el mismo papel, el de la “peladita”, alejada de las poses de diva, y como se atestiguó en aquella alfombra roja, siempre respetuosa y encariñada con su público, al que nunca le niega una selfie o un autógrafo, incluso, si la petición viene desde las alturas, sobre la antigua y popular calle de Donceles, tan emblemática de la urbe, como esa diminuta mujer, icono ochentero.

Pero si pensábamos que ya nadie se atrevería a realizar semejantes aportaciones entre lo kitsch y lo naco, ha surgido la heredera de la Castro, pero eso, es otra historia.

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