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Guillermo del Toro: Amante de los monstruos, fiel a sus raíces

El final de la década de los ochenta deparaba un cambio en la forma en que los medios de comunicación reflejaban la realidad. En México, incluso, la otrora súper poderosa empresa, Televisa, abrió, ante la amenaza de la televisión por cable, propuestas más atrevidas para impactar a la creciente población juvenil. En esa era, surgieron las ideas de gente como el mismísimo, Alejandro González Iñárritu, Martín Hernández (estos dos nominados al Oscar en diferentes categorías) o Charo Fernández, quienes se convirtieron en creativos, imagen y voces de programas que, por lo menos, pudieran convocar al segmento que ya adoraba a MTV.

Por Daniel Flores Chávez

Así, la imagen de canal 5 fue la primera en tener modificaciones, con promocionales vanguardistas, series menos familiares, más futbol internacional, y en general, una renovación de sus contenidos. De igual forma, a los otros canales de Televisa arribaron productores con conceptos novedosos, entre estos, Carmen Armendáriz, quien si bien hoy en día está convertida en un cliché de las producciones faranduleras televisivas, en ese entonces, fraguó una especie de homenaje a la venerable, “Dimensión Desconocida”, de gran éxito en México con sus versiones sesentera y ochenta.
Armendáriz conjuntó a varios talentos, no sólo de la TV, también del cine, para presentar “Hora Marcada”, emisión de media hora, en torno al género fantástico, ya fuera terror, horror o ciencia ficción. Siempre con la presencia de una mujer vestida de negro, presuntamente la Muerte, “Hora Marcada” estremeció al público, entre 1988 y 1990, con inolvidables episodios, dirigidos, producidos o fotografiados por nombres hoy reconocidos mundialmente, como Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki. Sin embargo, de este grupo, sobresalió Guillermo del Toro, un auténtico amante de lo sobrenatural.
Del Toro siempre ha reconocido su fascinación por autores como H. P. Lovecraft, Carlo Collodi, Stephen King y Richard Matheson, generadores de un estilo propio en cuanto a temáticas sobre los miedos y obsesiones del ser humano. Con base en esta tradición, el nativo de Guadalajara, Jalisco, dirigió cinco capítulos de “Hora Marcada”, consolidándose como el favorito del público, gracias, en particular, a “Hamburguesas”, una metáfora zombie, muy crítica al mercado de la comida rápida, que en los ochenta comenzaba a despuntar en suelo mexicano.

Merced a una terquedad absoluta, Del Toro cruzó rápido al cine, debutando con “La invención de Cronos” (1993), cinta sobre vampiros modernos y el miedo a la vejez, que lo consagró a nivel internacional, llamando la atención de Hollywood. Cuatro años más tarde, Guillermo, animado por la posibilidad de alcanzar grandes presupuestos para la realización de sus visiones, aceptó la filmación de “Mimic” (1997), con la ganadora del Oscar, Mira Sorvino, en torno a las consecuencias de la manipulación de la naturaleza, caso específico, la creación de un insecto tipo cucaracha, que se vuelve una pesadilla para el ser humano.

Si bien Del Toro, a la fecha sigue renegando de ese filme, que aceptó por encargo, dicho éxito en taquilla le valió el reconocimiento para darse a la tarea de producir, escribir y dirigir cintas encaminadas a su gusto, con títulos de la talla de “El espinazo del diablo” y “El laberinto del fauno”, ésta última, le valió tres premios Oscar en 2007, por Cinematografía, Maquillaje y Dirección de Arte, perdiendo los correspondientes a Mejor Guión Original, Mejor Música y Mejor Película en Lengua Extranjera. Pero “El laberinto del fauno” ya había obrado la magia que aún rodea los proyectos de Guillermo del Toro. Gracias a esa fábula sobre la inocencia perdida, hoy en día, el mundo espera ansioso qué desarrollará esta mente creativa, generadora de éxitos como “Blade 2” (2002) y “Hellboy” (2004).

Sobre esta última película, cabe destacar que el gordo tapatío tuvo fuertes encontronazos con Mike Mignola, el creador del cómic y padre del diablillo machín y bondadoso, “Hellboy”, por diferencias creativas, que no impidieron la realización de la secuela, “Hellboy 2: El ejército dorado” (2008). Sin embargo, sí quedó de manifiesto el carácter egoísta de Del Toro, incapaz de trabajar en equipo con otros creadores de relieve.

Misma situación le ocurrió con su colega, Peter Jackson, padre de la versión fílmica de la obra literaria de J. R. R. Tolkien, “El señor de los anillos”, con quien nunca pudo acordar ideas sobre la trilogía de “El Hobbit”. Originalmente, Jackson puso en las manos de Guillermo la precuela de “The Lord of the rings”, sin embargo, nuevamente, egos similares se confrontaron ante cómo debía ser dicha producción, en la que Del Toro pretendía dar realce a los personajes monstruosos, mientras que el neozelandés ansiaba continuar las andanzas de la tropa dirigida por el “Rey Thorin” (Richard Armitage), al estilo de la primera trilogía.
Entre esa época, Guillermo del Toro tuvo un par de desavenencias, la primera, nunca halló algún estudio o productor que le auxiliará a llevar a la pantalla grande su novela favorita de Lovecraft, “Las montañas de la locura”, sobre un macabro descubrimiento en el Polo Norte que podría cambar la historia de la humanidad. Se enfrentó a las típicas excusas de Hollywood: “Nadie ha podido adaptar los libros lovecraftianos”, “es material de Serie B”, “fracaso asegurado”, etcétera, siendo que en “Hellboy”, presentaba una trama sobre dioses olvidados, poderosos y vengativos, como H. P. los recetaba.

Igualmente, nunca pudo filmar “Dark Justice League”, a pesar de que Warner ya lo había contratado, para unir en un filme a un grupo de paladines propiedad de DC Comics, que incluían a populares personajes, que más que tener súper poderes, contaban con habilidades sobrenaturales, como la maga sexy, “Zatanna”, el cazador de demonios y fumador empedernido, “John Constantine”, “Swamp Thing” o “Deadman”, lamentablemente, el auge de Marvel en el Séptimo Arte hizo temer a los ejecutivos de Warner, cancelando el proyecto.
Pero este devorador de “Gansitos” (sí, el sabroso pastelito) no se dejó apantallar. Escribió en compañía de Chuck Hogan una serie de entretenidos libros, “The Strain”, sobre un virus vampírico, y produjo grandes cintas de horror, como “Mamá” (2013), “Los ojos de Julia” (2010) y “No tengas miedo a la oscuridad” (2010), así como la versión para TV de “The Strain”.

Sin embargo, su retorno al cine de Hollywood montado en la silla de director no fue lo esperado, ya que, con “Pacific Rim” (2013), su oda a los monstruos y robots gigantes, cayó en una serie de clichés desconcertantes, haciendo peligrar la posible franquicia, misma que se salvó gracias al éxito taquillero en naciones asiáticas, principalmente, Japón, donde todo lo que sea parecido a su amado, “Godzilla”, es motivo de culto y fascinación. Debido al impacto en este mercado, en 2018 se estrenará la secuela, aunque ya no dirigida por Del Toro (en la cual por cierto, actuará la hija de Arjona, ese “tremendo” cantautor y “filósofo” guatemalteco).

Hace un par de años concibió “La cumbre escarlata”, filme de estilo gótico, con homenajes a Tim Burton, bastante bien manufacturado, que hizo regresar a Del Toro a sus orígenes, al horror en su mejor forma, olvidándose de la ciencia ficción, incluso, dándose tiempo para experimentar en la animación, con la serie de Netflix, “Trollhunters”, que asesoró y escribió.

Cuando ya se creía que Guillermo del Toro había llegado a su máximo, hace unos días, deslumbró al mundo con su reciente película, “The shape of water”, una historia romántica con tintes fantásticos, sobre una mujer solitaria y una extraña entidad, en plena era de la Guerra Fría en los Estados Unidos. Gracias a esta poderosa cinta, el tapatío se hizo acreedor al prestigioso, León de Oro, premio que otorga el Festival Internacional de Cine de Venecia.

Aunque no hay fecha de estreno en México, más temprano que tarde, Guillermo del Toro volverá a las salas de cine de su país. Nuca pedante, profeta en su tierra y amigo incansable de los monstruos de su imaginación, el jalisciense se apresta a conseguir lo que sus compatriotas, Iñárritu, Cuarón y Lubezki, ya lograron, el Oscar, esa estatuilla que se le ha escapado en el rubro de Director, pero que de seguir en este sendero, alcanzará, máxime, que fue el primero en imaginar que un mexicano podía codearse con los mejores realizadores del extraño vecino del norte.

Como anécdota final, este autor recuerda la alfombra roja de “Pacific Rim”, celebrada en el centro comercial Reforma 222 de la Ciudad de México. Aquel día, el público se dio cita para vitorear al gordo jalisciense, a tal grado que, conmovido, pidió al público que abarrotaba el recinto, esperarlo media hora, mientras presentaba la cinta. Con puntualidad inglesa, Guillermo regresó y se dio cerca de cuatro horas, para firmar autógrafos y tomarse selfies, aceptando regalitos del público, desde su golosina predilecta, el “Gansito”, hasta figuras de peluche de los dioses lovecraftianos, siempre sonriente, agradecido, sin poses de estrella, con las raíces bien puestas.

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