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El juguete en la Ciudad de México

Cuando el ser humano pierde la inocencia sólo resta esperar su final. La capacidad de asombro es un catalizador importante para que la pureza se mantenga viva en el niño, el joven, el adulto, e incluso, en el anciano. Es importante preservar entonces la facultad de imaginar, ya sea a través de las artes, la cultura, o la creatividad. Sin duda, enmarcado dentro de estas posibilidades lúdicas, está el juguete, como símbolo representativo de las tradiciones, las costumbres y la candidez del alma.

Por Daniel Flores

El juguete es también muestra del carácter de una sociedad. En la Ciudad de México, desde tiempos prehispánicos, los juguetes han exhibido ingenio, humor y colorido. Según el antropólogo, Eduardo Matos Moctezuma, en entrevista para http://www.sepiensa.org.mx, “los niños de las sociedades antiguas pudieron jugar con pelotas de barro y pequeños instrumentos musicales”. A pesar de no existir registros o códices sobre el juguete prehispánico, se han hallado utensilios como muñequitos, silbatos, sonajas y trastecitos, que pudieron ser los primeros juguetes existentes en nuestro territorio.

El más curioso y representativo de esta época es el esférico de hule, de pequeñas dimensiones, que, según los expertos, no era usado en el juego ceremonial de pelota. Debido a su tamaño sólo pudo haber sido empleado para la diversión infantil, en un contexto de imitación del sentido religioso que tenía el tlachtli.

Tras la llegada de los españoles, el juguete cobró nuevas dimensiones. Los hijos de los conquistadores trajeron consigo artículos como muñecas, marionetas, dados y soldaditos, o juegos como la oca y la lotería, que se fusionaron con las tradiciones de los antiguos mexicanos.

Después de la Guerra de Independencia se popularizaron juguetes acordes a las festividades nacionales o religiosas. Aparecieron las piñatas, las matracas, las máscaras, los rehiletes, los papalotes, las sonajas y las imitaciones de armas, como espadas, escudos, arcos y flechas. Luego de la Revolución Industrial, en 1870, el juguete comenzó a fabricarse con materiales menos caseros. Se inició una masificación del mismo hasta convertirse en artículo de consumo.

Para principios del siglo XX, los niños ya contaban con una gran variedad de juegos, desde trompos, baleros, yo-yos, canicas, pirinolas, carritos, trenes, resorteras, billetes simulados y caballitos de madera. Claro que, dependiendo su poder adquisitivo, poseían juguetes de mejor calidad, aunque a final de cuentas, el propósito de estos era mantener divertido al menor.

Aunque varios juguetes actualmente son más mito que realidad, aún existen raros ejemplares de aquellas épocas. El Museo del Juguete Antiguo de la Ciudad de México resguarda entre sus paredes artículos tan añejos como un pin-ball de 1902 y trenes de latón de principios del siglo XX. El dueño de la colección de este recinto, Roberto Shimizu, comentó que: “El juguete representa un motor para el ingenio y la creatividad”. Argumentó que es necesario preservar el pasado para que “las generaciones actuales sepan con lo que jugaban sus padres y abuelos”, y que “pese a las carencias y pobreza del México de mitad del siglo XX, se podía ser feliz, a través de la diversión proporcionada por el juguete”.

El venerable señor Shimizu explicó cómo llegaron a su poder cerca de un millón de piezas, casi todas, provenientes de los mercados de pulgas. “Desde 1955 me di a la tarea de recolectar y preservar juguetes como luchadores, pistolas, platillos voladores, bicicletas y otros muchos que todavía se pueden encontrar en varios tianguis de la Ciudad de México”. Así, el Museo del Juguete Antiguo ha construido un legado histórico invaluable, consistente en piezas de metal o madera, sinónimo de la nostalgia y de tiempos prolíficos.

Otro personaje emblemático, defensor del juguete antiguo, fue Ramiro Gamboa, mejor conocido como el Tío Gamboín, quien durante su carrera como animador infantil en las pantallas de Canal 5, presentó una serie de muñecos de felpa o metal, casi todos de cuerda o de fricción, que cautivaron a varias generaciones de mexicanos, sobre todo, una imitación de acero de la nave rusa, Sputnik, que prendía un par de luces rojas y hacía ruidos de alarma.

Justamente fue la televisión la que trajo nuevas fantasías a los niños de México. En los cincuenta se popularizaron los hula-hula, los juegos de química y de té, las cocinitas, los balones de basquetbol y futbol, americano, los patines, las patinetas, los osos de peluche, y otros tantos exportados de Estados Unidos. Llegó también un nuevo artículo de consumo para el público infantil, el cómic de súper héroes, así como la parafernalia de productos en torno a dichos personajes.

Empresas como Iga, Lily Ledy, Mi alegría, Plastimarx, Scalextric, Exin, Fisher Price o Madelman se posicionaron en nuestro territorio, ya como vendedores de juguetes para las masas, con un propósito de mercado que les generara dividendos económicos. “Para fortuna de varios de nosotros, los juguetes de los setenta y ochenta, estaban muy bien construidos, con material resistente, y eran imaginativos, propios para un niño”, aseguró Ricardo Pérez, coleccionista y expositor de artículos sobre Star Trek (Viaje a las Estrellas).

El juguete mexicano tradicional de madera o latón logró subsistir hasta la década de los ochenta. Pérez recordó que cuando era niño visitaba mercados en la colonia Guerrero o San Cosme, donde por unos cuantos pesos se compraba luchadores de plástico, “carritos de fierro”, sumadoras, naipes o mini-loterías. “Fue gracias al éxito de cintas hollywoodenses como La Guerra de las Galaxias que empezó el boom por la mercancía relacionada con productos de entretenimiento”, dijo Ricardo con un dejo de nostalgia.

La trilogía épica-fantástica de George Lucas generó millones de dólares en ganancias monetarias, pero lo que culminó siendo más redituable para el realizador californiano, fueron las licencias que vendió a empresas como Kenner para la fabricación en plástico moldeado de los personajes de la saga. Entre 1980 y 1985, los fans mexicanos de La Guerra de las Galaxias prácticamente arrasaron con las cientos de miles de unidades de muñecos, iniciando una transformación en el modo de concebir el juguete, que pasó de artículo de consumo a objeto de colección.

Otro personaje emblemático de la televisión mexicana, Xavier López Chabelo, en su programa matutino-dominical, En Familia, defendía a capa, espada y pantalones cortos, los productos de los jugueteros mexicanos. López permitía a empresas como Mattel o Lili Ledy anunciarse en la emisión, pero daba preferencia a Juguetibici y Apache.

No por nada, hoy en día, la Generación X recuerda casi con cariño los anuncios de Chabelo, en los que invitaba a los niños de la época a jugar con los triciclos Apache (aquellos de la tonadita “duran, duran, duran”) y las avalanchas, terror de las madres. El eterno niño de la TV mexicana fue quizá el último bastión para el juguete mexicano, que luchó a muerte contra sus competidores extranjeros en pos de la supervivencia, lamentablemente, hoy en día, casi todos esos artículos son piezas de colección.

“En los noventa, el cómic de súper-héroes resurgió con fuerza, gracias a números como La muerte de Superman o La caída del murciélago. Además, las películas de Tim Burton sobre Batman hicieron que los personajes de DC Comics cobraran fuerza entre el público mexicano”, relató Pérez.

Para aquellas épocas, el mercado del juguete se había diversificado, la competencia entre el juguete tradicional y los juegos de video inició una guerra sin tregua ni cuartel, hasta cerca del tercer milenio, cuando la Generación X replanteó varias de las leyes mercadotécnicas existentes.

La psicóloga de la UNAM, Silvia Piña, comentó: “La Generación X es un grupo que se negó a dejar la infancia, tal vez, producto de las amarguras transmitidas por sus progenitores, casi todos, víctimas de una revolución de pensamiento que quedó truncada en los sesenta. Como hijos, se refugiaron en la televisión y en sus juegos, aislándose del contacto con los demás, convirtiéndose en una especie de Peter Pan”.

La especialista ejemplificó este desdén de la Generación X por la adultez con un fenómeno que se dio en 1999, con el estreno de la cuarta película de la saga de La Guerra de las Galaxias: “Era tal la euforia que desató el Episodio 1, que varios de mis pacientes treintañeros, estaban más entusiasmados que sus hijos con el estreno del filme. Incluso, se comportaban como auténticas enciclopedias del fenómeno starwariano. Trataban de inculcarles a sus vástagos términos como La fuerza o el Lado Oscuro, casi de manera religiosa”.

Ante este nuevo mercado, las empresas jugueteras del mundo y sus franquiciatarios mexicanos, se dieron a la tarea de fabricar a los mismos personajes con materiales sofisticados, dándoles un toque artístico, parecido al de una obra de arte, ya no denominándolos “juguetes”, sino “figuras de acción” o “coleccionables”. En Mercado Libre, portal en Internet de compra-venta, existen cientos de miles de artículos de colección de marcas como Hasbro, Neca, McFarlane Toys, Lego, Hot Toys, Playmobil, DC Direct, Toy Barbie, cuyos precios oscilan entre los 200 y los 20 mil pesos.

“Recuerdo los almacenes en los cincuenta y sesenta. Sobre Insurgentes hubo una juguetería muy famosa, Ara, vendían de todo, carritos, soldaditos, muñecas, canicas, pero sucumbió en los ochenta, al igual que muchas otras”, enfatizó Ricardo Pérez.

El juguete en México no ha dejado de ser parte fundamental de su sociedad, aunque se ha extraviado y ha sido suplantado por otro tipo de parafernalia, sin embargo, mientras estos productos sigan motivando la imaginación, habrá esperanzas para que el alma humana no caiga en las garras del sinsentido.

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