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Crítica de ‘Wayward’: El Frustrante Caso de una Gran Serie Arruinada por su Final

Hay pocas cosas más decepcionantes en la era del streaming que invertir horas en una serie que construye su misterio con maestría, solo para que su acto final se desmorone de forma espectacular. «Wayward», la nueva propuesta de suspenso de Netflix, es un ejemplo de manual de este fenómeno. Durante la mayor parte de su recorrido, es una producción inteligente, atmosférica y con un elenco formidable que promete algo grande. Sin embargo, su conclusión es tan fallida que no solo decepciona, sino que invalida retroactivamente la brillantez de todo lo anterior.

La historia nos presenta a Laura (Sarah Gadon) y Alex (Mae Martin), una pareja que se muda al aparentemente idílico pueblo de Tall Pines. Laura tiene un pasado allí, ligado a un internado para adolescentes «rebeldes» dirigido por la enigmática Evelyn (Toni Collette). Alex, un hombre trans que se une a la policía local, pronto comienza a sospechar que algo oscuro se esconde detrás de la fachada perfecta de la escuela y de la influencia que Evelyn ejerce sobre todo el pueblo. Sus sospechas lo llevan a investigar a dos adolescentes actuales, Abbie y Leila, desatando una trama de suspenso que se cocina a fuego lento.

Es necesario reconocer que, durante siete de sus ocho episodios, «Wayward» hace casi todo bien. El elenco es su mayor fortaleza. Sarah Gadon navega con una ambigüedad perfecta entre la víctima y la posible cómplice, mientras que Mae Martin construye un protagonista complejo: un hombre que lucha por su identidad en un nuevo entorno, pero también un policía con una peligrosa tendencia a la violencia. Las jóvenes actrices Sydney Topliffe y Alyvia Alyn Lind son un descubrimiento, retratando con una honestidad brutal esa intensa amistad adolescente que oscila entre la lealtad y el peligro. Incluso Toni Collette, aunque con un personaje menos imponente que otros de su carrera, aporta su sello de calidad. Esta solidez actoral, combinada con una dirección que contrasta la belleza natural del entorno con la opresiva arquitectura institucional, crea una atmósfera de tensión palpable y adictiva.

El problema es que toda esa construcción se viene abajo en el episodio final. La gran revelación del misterio central no solo carece de impacto, sino que cae en un tono casi cómico e involuntariamente extraño. El supuesto clímax de horror que la serie presenta para su pareja protagónica se siente más como un conflicto interpersonal dramático que como una verdadera propuesta de género. La resolución es tan tonalmente incongruente que uno siente que con una música y una fotografía diferentes, la misma escena podría interpretarse como un final feliz. El episodio, además, comete el error clásico de muchas series actuales: intenta cerrar su trama principal y, al mismo tiempo, plantar las semillas para una segunda temporada, sin lograr hacer ninguna de las dos cosas de manera satisfactoria.

Más allá de la decepción narrativa, la serie desperdicia la oportunidad de explorar el horror real y documentado de la industria de los «internados para adolescentes problemáticos«, un tema con un potencial inmenso que apenas se roza para dar paso a un misterio de ficción menos creíble y, en última instancia, menos interesante. A esto se suman exploraciones temáticas que se quedan a medias, como la idea de una sociedad matriarcal que se presenta como inherentemente corrupta sin un análisis más profundo, o el hecho de que su protagonista trans cargue con un peso representativo excesivo al ser el único personaje con esa identidad en la historia.

En resumen, «Wayward» es una de las experiencias más frustrantes del año. Es un viaje fascinante con un destino inexistente. Ofrece siete horas de televisión de alta calidad que te atrapan y te hacen creer que estás viendo algo especial, solo para traicionar esa confianza en su momento más crucial. Quizás el mejor consejo sea verla, disfrutar del camino y apagarla antes del final para imaginar una conclusión que esté a la altura de su excelente planteamiento.

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